Revista Gaceta UAEH

Los herederos que nadie invitó a la mesa


Ciro Bladimir Tapia Mendoza1
Ilustración: Canva


Los herederos que nadie invitó a la mesa

Hay una frase que repetimos tanto en las escuelas mexicanas que dejó de sonarnos rara: “el que quiere, puede”. La creemos porque queremos creerla. Detrás de ella hay casi un siglo de fe pedagógica latinoamericana y también, si se mira con cuidado, una de las trampas más elegantes que ha inventado la desigualdad.

A principios del siglo XX, el médico y filósofo argentino José Ingenieros escribió que la educación debía formar una nueva aristocracia: no la de la sangre o el apellido, sino la del mérito. Cualquiera con suficiente talento y disciplina, decía, podía ascender y ponerse al servicio de la sociedad. Esa idea de alcanzar el éxito, el cual se gana con esfuerzo, fue el combustible moral de buena parte de la enseñanza pública latinoamericana. En México se respira en el proyecto de Vasconcelos, en la escuela rural posrevolucionaria y en la noción misma de que la universidad pública es un ascensor social.

En 1964, Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron pusieron esa promesa bajo el microscopio en el libro Los herederos. Su hallazgo demostró que lo que el sistema llamaba “talento natural” era, para muchos estudiantes, el simple reflejo de lo que ya traían de casa. Estas ventajas incluyen cuestiones como el vocabulario, las referencias, la capacidad de resiliencia y la soltura en un entorno social, características comunes cuando los padres han pasado por las aulas universitarias. Este equipaje invisible, conocido como capital cultural, es lo que la escuela termina premiando como si fuera mérito puro; ello podría leerse como una noticia desalentadora, pero Bourdieu no se quedó ahí.

En su obra posterior, el sociólogo francés también volteó a ver a quienes rompían el patrón, aquellos a los que llamó, con una palabra casi cariñosa, los milagrosos, o en francés, les miraculés. Se trata de alumnos que, sin contar con los recursos culturales ni económicos esperados, llegaban de todos modos a lugares que las estadísticas no predecían para ellos.

El autor no los explicó como magia ni como una excepción irrelevante, sino que los usó para mostrar que el sistema, aunque tiende a reproducir jerarquías, tiene grietas. En esas fisuras es donde una política pública en materia educativa bien diseñada, una maestra que insiste, una beca que llega a tiempo o una institución que de verdad abre la puerta pueden convertir la excepción en un evento menos extraordinario.

Ese es el corazón transformador de la propuesta: la educación no está condenada a repetir el origen de quien la recibe. Puede hacerlo, y lo hace con demasiada frecuencia, pero no tiene por qué ser su destino. La tarea de una política institucional consciente de esto no es fingir que el capital cultural no existe, sino, por el contrario, diseñar de forma deliberada las condiciones para que estas barreras dejen de decidirlo todo.

Remover el obstáculo económico que durante décadas expulsó de las aulas a quienes tenían el talento, pero no el ingreso, es una condición necesaria para que el éxito deje de depender de la suerte. La expansión de la matrícula en el nivel superior durante las últimas décadas, con escuelas como la nuestra, la UAEH, presentes en municipios donde antes no había opción real de estudiar, es exactamente el tipo de infraestructura que multiplica a los milagrosos, ya que, cuanto más cerca esté la oportunidad, menos heroico tiene que ser el esfuerzo para alcanzarla.

El discurso reciente que cuestiona abiertamente la meritocracia como criterio único, como el de la Nueva Escuela Mexicana, es un primer paso para nombrar el problema. El siguiente reto, aún más difícil, es traducirlo en clases, acompañamiento y recursos que sostengan a quien llega sin el equipaje que el sistema da por sentado.

José Ingenieros soñó con una aristocracia del mérito. Bourdieu nos enseñó a desconfiar de ese sueño sin renunciar a él: mostró que el mérito, tal como se mide hoy, favorece a quien ya venía ganando, pero también evidenció que el sistema puede rediseñarse para que el triunfo deje de depender del origen. Democratizar la academia no es prometer que todos llegarán al mismo lugar; es asegurarse de que lograrlo dependa cada vez menos de la mesa en la que se nació y cada vez más de las herramientas, la guía y las oportunidades reales que la sociedad decide construir.

La próxima vez que cualquiera de nosotros, ya seamos compañeros, egresados o profesionistas de la UAEH o de cualquier otra universidad de nuestro querido México, logre algo que la estadística no anticipaba para su origen, vale la pena verlo no como un caso aislado que confirma la regla, sino como evidencia de lo que pasa cuando la educación pública decide tomarse en serio su propia promesa. Ojalá entre nosotros haya muchos milagros para el porvenir.

¡Nos leemos pronto!



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1Egresado de la Licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo ta400214@uaeh.edu.mx