Revista Gaceta UAEH

La libertad que nunca vivimos: por qué extrañamos épocas que jamás conocimos


Por Carlos Jovani González Tapia, Diego Armando González Jiménez1, Samuel Romero Vite2 e Israel Cruz Badillo3
Foto/Ilustración: Chat GPT


La libertad que nunca vivimos: por qué extrañamos épocas que jamás conocimos

“No es signo de buena salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma” — Jiddu Krishnamurti.


¿Cómo es posible sentir nostalgia por una época que nunca vivimos? A primera vista parece una contradicción. Resulta extraño pensar que alguien pueda extrañar un tiempo que solo conoce por fotografías, películas, relatos familiares o canciones. Sin embargo, basta observar a muchos jóvenes para notar una fuerte atracción por la música, la forma de vestir, las conversaciones e incluso, el ritmo de vida de los años ochenta, noventa o principios de los 2000. Es común escuchar a personas que crecieron rodeadas de internet afirmar que les habría gustado vivir en aquellos años, aunque nunca estuvieron ahí.

Pero quizá la pregunta está mal planteada. Tal vez no sentimos nostalgia de una época, sino de aquello que creemos que representaba. No extrañamos los años ochenta o noventa; extrañamos la sensación de vivir sin la necesidad permanente de demostrar quiénes somos. Añoramos la posibilidad de equivocarnos sin que todo quede registrado, de convivir sin depender de una pantalla y de construir una identidad sin sentir que alguien la evalúa constantemente.

La frase de Jiddu Krishnamurti con la que inicia este artículo resume esa inquietud. Si la sociedad actual premia la apariencia, la comparación constante y la aprobación externa, entonces la nostalgia puede entenderse como una reacción ante esa forma de vivir. En este sentido, deja de ser un recuerdo histórico y se convierte en un fenómeno emocional, psicológico, cultural e incluso político.

Las generaciones actuales crecieron con más tecnología, más acceso a la información y mayores posibilidades de comunicación que cualquier generación anterior. Sin embargo, estos avances también trajeron una consecuencia inesperada: nunca habíamos tenido tanta libertad para elegir y, al mismo tiempo, tanta presión por elegir aquello que los demás aprueban.

Zygmunt Bauman (2015) explica que vivimos en una modernidad líquida, donde las relaciones, las ideas y hasta la identidad cambian constantemente. Nada parece permanecer por mucho tiempo y las personas sienten la necesidad de adaptarse para no quedarse atrás. La identidad deja de construirse con calma y comienza a convertirse en un proyecto que necesita actualizarse continuamente.

Esta situación se vuelve más evidente con las redes sociales. El filósofo Byung-Chul Han (2014) sostiene que la sociedad contemporánea ya no necesita ejercer control mediante la fuerza. Ahora somos nosotros quienes nos vigilamos constantemente al intentar proyectar una imagen aceptada. El problema ya no es únicamente que otros nos observen, sino que aprendimos a vivir como si siempre hubiera alguien mirando.

Por eso, la nostalgia actual no puede entenderse únicamente como un gusto por lo antiguo. En realidad, representa el deseo de recuperar una sensación de libertad que muchas personas consideran perdida. La vida moderna nos dio comodidad, pero también nos quitó espacios para desconectarnos. Hoy sabemos lo que todos hacen, pero cada vez conocemos menos quiénes somos.

Erving Goffman (2006) comparaba la vida social con una obra de teatro, donde todas las personas presentan distintas versiones de nosotros mismos según el escenario y el público. Aunque escribió estas ideas antes de las redes sociales, hoy parecen más actuales que nunca. Gran parte de nuestra vida transcurre administrando la imagen que queremos proyectar, de manera que la identidad deja de construirse desde el interior para depender de la mirada ajena.

Quizá por eso muchas personas sienten una conexión especial con la música de otras décadas, no porque esas canciones pertenezcan al pasado, sino porque hablan de inquietudes que siguen presentes. Cuando Caifanes interpreta "Viento", transmite la necesidad de encontrar un camino propio, dejar atrás el miedo y avanzar sin perder la esencia. Esa búsqueda continúa siendo la misma para muchos jóvenes que intentan descubrir quiénes son.

Algo parecido ocurre con "Tren al sur", de Los Prisioneros. Más que un viaje físico, la canción puede interpretarse como el deseo de regresar a un lugar donde todavía es posible reconocerse y recuperar una identidad que parece diluirse entre tantas exigencias sociales.

Las canciones de Soda Stereo también reflejan incertidumbre, deseo y la necesidad de romper con aquello que limita la libertad personal. Enanitos Verdes hablaron sobre relaciones humanas, cambios y crecimiento; Maná mostró que la música puede cuestionar problemas sociales mientras habla de emociones personales; Zoé llevó la introspección a nuevas generaciones, y Panteón Rococó convirtió la inconformidad social en una invitación permanente a cuestionar aquello que parece normal. No escuchamos a estas bandas porque sean antiguas; las escuchamos porque hablan de problemas que siguen existiendo. La diferencia es que antes esos problemas se vivían de otra manera.

Los cambios también pueden observarse en aspectos cotidianos. Antes, la música servía para expresar; hoy, muchas veces sirve para pertenecer. Las fotografías capturaban momentos; hoy, en gran medida, los momentos existen para generarlas. Antes, el silencio representaba tranquilidad; ahora, suele provocar ansiedad. El aburrimiento impulsaba la imaginación; hoy, cualquier instante libre se llena con una pantalla. La privacidad era algo cotidiano; actualmente, compartir la vida parece una obligación. Incluso las relaciones personales han cambiado: se conocía a menos personas, pero muchas veces se conocía mejor a quienes estaban cerca.

Esto no significa afirmar que el pasado fue mejor. Cada época tuvo problemas propios, desigualdades y conflictos que no deben idealizarse. Lo importante no es comparar qué generación vivió mejor, sino preguntarnos qué necesidades humanas permanecen sin importar la época.

Erich Fromm (2017) afirmaba que muchas personas, ante el miedo que produce la libertad, prefieren adaptarse al entorno antes que desarrollar una personalidad auténtica. Renuncian poco a poco a su individualidad para sentirse aceptadas por el grupo. Charles Taylor (1994), por su parte, sostiene que la autenticidad es uno de los valores más importantes de la modernidad, pero advierte que puede deformarse cuando la identidad depende exclusivamente del reconocimiento de los demás. En este sentido, la nostalgia deja de ser el problema principal. Es solamente el síntoma; la verdadera enfermedad es la pérdida de autenticidad.

Vivimos tan preocupados por pertenecer que olvidamos descubrir quiénes somos. Tal vez, la mayor rebeldía de nuestra generación ya no sea romper las reglas, sino atreverse a ser auténticos. Las generaciones actuales no crecieron con menos libertades que las anteriores; crecieron con libertades diferentes. Nunca antes habíamos tenido tantas herramientas para expresarnos, comunicarnos y elegir nuestro propio camino. Sin embargo, esas mismas herramientas hicieron que la aprobación social adquiriera un peso que antes no tenía. Hoy es fácil mostrar quiénes somos, pero cada vez resulta más difícil descubrirlo.

Por ello, la atracción por la música, la estética o las costumbres de otras décadas difícilmente puede explicarse como un simple gusto por lo retro. Lo que muchas personas buscan no es regresar a los años ochenta, noventa o dos mil. Lo que realmente buscan es recuperar una forma de libertad que nunca conocieron: la libertad de construir una identidad sin depender constantemente de la mirada de los demás.

Quizá nunca podremos vivir aquellas épocas, y tampoco sea necesario hacerlo. Lo importante es comprender por qué nos llaman tanto la atención. Tal vez no nacimos demasiado tarde para vivir aquel tiempo; quizá nacimos justo a tiempo para recordar que la autenticidad sigue siendo posible. Porque la verdadera libertad no consiste en volver al pasado, sino en tener el valor de ser uno mismo en el presente.

Referencias bibliográficas:
Bauman, Z. (2015). Modernidad líquida. WordPress.com. https://catedraepistemologia.files.wordpress.com/2009/05/modernidad-liquida.pdf

Fromm, E. (2017). El miedo a la libertad. Ciudadano Austral. https://ciudadanoaustral.org/biblioteca/04.-Erich-Fromm-El-miedo-a-la-libertad.pdf

Goffman, E. (2006). La presentación de la persona en la vida cotidiana. WordPress.com. https://consejopsuntref.wordpress.com/wp-content/uploads/2017/08/goffman_erving_la_presentacion_de_la_per.pdf

Han, B.-C. (2014). La sociedad del cansancio. U-Cursos. https://www.u-cursos.cl/facso/2019/2/ANT00009/1/material_docente/bajar?id_material=2888708

Krishnamurti, J. (2013). La libertad primera y última. Kairós.

Taylor, C. (1994). La ética de la autenticidad. Centro de Recursos Interculturales. https://centroderecursos.cultura.pe/sites/default/files/rb/pdf/la_etica_de_la_autenticidad%20Taylor.pdf


1Alumno del octavo semestre de la Licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, go424789@uaeh.edu.mx
2Alumno del séptimo semestre de la Licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, ro490004@uaeh.edu.mx
3Doctor en Ciencias Sociales, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, línea de investigación en Gestión Administrativa y Desarrollo Municipal, badillo@uaeh.edu.mx